artículo no publicado

John Ashbery y el ritmo de la poesía

El poeta estadounidense, que falleció el 3 de septiembre, era un maestro de las voces y el ritmo, y proponía un reencuentro con la profundidad del lenguaje.

John Ashbery siempre esquivó las confesiones. Expresaba la relación entre su vida y su poesía como “muy cercana pero oblicua”. No le gustaba hablar de sí mismo, y esto ha contribuido al secreto de sus poemas. En The Songs We Know Best, Karin Roffman hace un detallado recorrido por los años de juventud de Ashbery, marcados por una relación conflictiva con su padre, la muerte temprana de su hermano o la hostilidad de su entorno hacia su identidad sexual. Pero aunque es posible rastrear en sus poemas un tono nostálgico, elegíaco incluso, no puede decirse que representen un testimonio de estas vivencias. Dan Chiasson, en su obituario en The New Yorker, lo califica como “el mayor poeta de la memoria”. Y lo que Ashbery responde es que “Our question of a place of origin hangs / Like smoke”.

Esto no es obstáculo para que sus textos estén marcados por la experiencia. Pero una “experiencia de la experiencia”. “Lo que trato de conseguir”, explica, “es una experiencia general, para cualquier ocasión, como esos calcetines que valen para todas las tallas”. Y también: “paradigmas de la experiencia común que espero que otras personas compartan”. Es lo que habla en Una ola cuando dice “creo que la lluvia nunca sumergió cosas más dulces y prosaicas como estas con las que nos encontramos aquí, ahora, y creo que esto va a tener que ser suficiente”. Esta insistencia en lo común, unido a rasgos como su abundante uso del nosotros —normalmente sin determinar, y en alternancia con un yo—, lo sitúan como heredero de Whitman. Pero se impone el distanciamiento: la experiencia de Ashbery es autorreferencial, encerrada en sí misma y en su manera de expresarse. Esto da lugar a una abstracción particular, que puede dificultar el acceso a su poesía. Así le ocurrió a W. H. Auden (al que Ashbery admiraba, y sobre el que escribió su tesis en Harvard), quien antes de alabar el primer poemario de Ashbery (Unos árboles, 1956), declaró que tras una primera lectura no había entendido nada.

En Autorretrato en espejo convexo, el libro con el que ganó en 1975 los premios Pulitzer, Nacional y el del Círculo de Críticos, Ashbery apunta hacia eso otro que está en el cruce entre las referencias cerradas y la experiencia universal: “¿Acaso hay algo / que merezca tomarse en serio fuera de esta otredad / que se incluye en las formas / más corrientes de la actividad cotidiana (…)?”. El poema que da título a la colección es un conjunto de sugerencias de lectura, reflexiones acerca de la creación y su relación con el tiempo (uno de sus temas fundamentales). Podría pensarse que este el camino hacia algún tipo de poesía meditativa, una filosofía que se exprese en verso. Nada más lejos. La caracterización más certera que puede darse de los poemas de Ashbery es que son, ante todo, textos. Unos textos que se alimentan de otros textos, desde referencias a otros poetas hasta alusiones a la Biblia, el cine o la publicidad; que se reproducen dentro de sí mismos en una multiplicidad de voces que incluyen un vocabulario prolijo, palabras en otros idiomas o expresiones del lenguaje coloquial; que, finalmente, inciden en la fragilidad de su carácter: “esas pocas palabras deliciosas extendidas por la superficie como mermelada / no importan”. Detrás de los versos de Ashbery aparece una idea que se va imponiendo a medida que se avanza en la lectura: la de que detrás tantos “sujetos del poema” solo hay un lenguaje que se muestra a sí mismo.

Daniel Aguirre, en el prólogo a su traducción de Un país mundano, habla de este flujo del lenguaje en los siguientes términos: “tonos e inflexiones se entretejen con una multiplicidad de ritmos, de intensidades y timbres diversos”. La alusión a lo musical está recogida del propio Ashbery, quien declara que “lo que me gusta de la música es su capacidad de ser convincente, de llevar hasta el final con éxito un argumento, aunque los términos de este argumento queden como cantidades desconocidas (…). Me gustaría lograr eso en poesía”. Si hay algún sitio por el que el lector puede empezar con los poemas de Ashbery es, como dice Jordi Doce, por el tono. No una búsqueda de significados, sino de ritmos. No la univocidad del sentido, sino su elocuente, mundana dispersión.

Ashbery publicó más de treinta libros. El último, Conmoción de los pájaros, en 2016. Durante años trabajó como traductor y crítico de arte (de joven quiso dedicarse a la pintura), e impartió clases hasta los ochenta y uno. Junto con Kenneth Koch y Frank O’Hara, constituyó el núcleo de la Escuela de Nueva York. Fue el primer poeta en ser publicado en vida en la Library of America. Además de los mencionados, recibió la National Book Foundation Medal y la National Humanities Medal. Con todo esto, puede ser que lo más elocuente sobre su obra sean estas palabras: “Con frecuencia cambio de opinión respecto a mi poesía (…). Preferiría no pensar que tengo en la cabeza algún objetivo en concreto, ya que en tal caso podría verme obligado a programarme a mí mismo”. Un escritor, un mundo, y la manera en que el lenguaje sitúa el uno frente al otro. Ante los poemas de Ashbery, uno puede verse impelido a una tarea que va más allá de la búsqueda de razones: el reencuentro con el lenguaje, la intuición de su inmensidad al mismo tiempo que la de la profundidad de sus raíces en nosotros. Su lectura siempre será inagotable: “Solo es un jirón, en serio, un fragmento de vida / en el que nadie más parecía interesado. No es que se lo pueda uno llevar / forma parte de la decoración, el baile, para siempre”.